Pasado y Futuro del arte.


Guerra (1915) | Gino Serverino.

¿Cuándo una vanguardia deja de serlo? ¿En qué momento cobra obsolecencia o bajo qué parametros una tendencia artística pierde vigencia? ¿Por qué la innovación termina por repetir paradigmas? En un mundo donde el arte ha terminado por caer en la vorágine de la comercialización, el arte llega a constituir una mercancía más, para un mercado de consumo. Lejos quedaron los tiempos en que "Los Vanguardistas" arriesgaban cada trazo, cada pincelada o cada modelado, para que a través de la fuerza del arte, el mundo se transformara. 


Entierro del anarquista Galli (1911) | Carlo Carrá

Vengan, pues, los buenos, los buenos incendiarios de dedos tiznados!.. ¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Arrojad pues al fuego los estantes de las bibliotecas!
¡Desviad el curso de los canales para inundar las cuevas de los museos..!
¡Oh, que floten al garete los lienzos gloriosos! ¡Blandid picos y martillos!
¡Socavad los cimientos de las ciudades venerables!

Estos exabruptos tienen cien años, el 20 de febrero de 1909 se publicaron en el periódico francés Le Fígaro bajo el título de "Manifiesto del futurismo", de F.T. Marinetti. En su primer epígrafe se leía: "Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad". Ahí empieza lo que podemos considerar el vanguardismo histórico, aquellos tiempos de revoluciones y guerras en que los artistas creían que podían cambiar el mundo. Ha transcurrido un siglo desde que los ismos se desplegaron en la historia moderna como un delirio de creatividad, el verdadero laboratorio de arte, luchando, muchas veces unos contra otros, por aportar algo siempre nuevo, confiando en la lógica del progreso. 

Cien años después sabemos a qué conduce esa lógica, la novedad es un mecanismo afinado para que todo quede igual, el arte no transforma la realidad, más bien la realidad del arte se ha visto transformada por el mercado, por el comercio de lo artístico. Qué poco queda de aquellos gestos desenfadados de los vanguardistas, ese afán de cambiar la realidad inmediata con provocaciones y muchas veces desatinos: "Sabedlo, pues: para obtener una pintura total, que exige la cooperación activa de todos los sentidos, pintura estado anímico plástico de lo universal, es necesario pintar ruidos y olores, como cantan y vomitan los borrachos". (Manifiesto futurista, de Carlo Carrá, Milán, 1913). 

Pero el futurismo, pese a sus veleidades fascistas y su amor por la guerra, (la higiene del mundo) aportó al arte el convertir en tema la tecnología, hacer que el arte mostrara el dinamismo de una época llena de cambios: los futuristas querían pintar el movimiento mismo. Eran elitistas y estaban dominados por un exagerado culto al genio, buscaban devolver Italia al mapa del arte moderno del que había desaparecido durante siglos, querían unir vida y arte, arte y revolución, eran otros tiempos. "Todo es convencional en arte.En pintura no hay absoluto. Lo que era verdad para los pintores de ayer, hoy no es más que mentira. Declaramos, por ejemplo, que un retrato no debe parecerse al modelo, y que el pintor lleva dentro de sí los paisajes que quiere fijar en el lienzo". Así de claro hablaban en el "Manifiesto de los pintores futuristas", firmado en Milán (1910) por Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Luigi Russolo, Giacomo Balla, y Gino Severino. 


Velocidad abstracta- El coche ha pasado (1913) | Giacomo Balla



Se reclama como en todas las vanguardias precedentes y posteriores la libertad absoluta del creador, pero dentro de la realidad histórica en la que se vivía, era una época en la que era inevitable el tomar partido, la huida hacia delante, la confianza absoluta en la importancia de lo artístico para el mundo. 

Mientras tanto, el arte mismo se alejaba a marchas forzadas de la comprensión de las masas, la creación plástica, embebida en su propio desarrollo experimental, cuanto más tarda de ser universal y útil más distancia ponía con el espectador convencional, pensemos por ejemplo en el "suprematismo" de Malevich, en el ahora famoso "Cuadrado negro sobre fondo blanco", de 1915. 

Un siglo después del futurismo, el arte se ha vuelto aún más elitista, más incomprensible, más despegado de la realidad cotidiana, la pregunta: ¿Es esto  arte? Cada vez tiene menos respuesta lógica, el arte moderno logró una victoria pírrica, ya está en los museos, sus obras se cotizan en millones de dólares, los récords se suceden en los medios de difusión, pero ha perdido fuerza al ser asumido por la maquinaria del mercado y la legitimación del precio no del valor, ha perdido su efectividad transformadora de conciencias. Al mundo, en general, cada vez le importa menos un arte con el que no comparte, que no comprende y con el que no se identifica. 

El año pasado, en el museo Tate Modern de Londres, se tardaron mes y medio en darse cuenta que varios cuadros de una exposición antológica de Mark Rothko, uno de los "informalistas" americanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, estaban al revés. ¿Quién sabe lo que es arte hoy? 


Dinamismo de un perro sujeto con una correa (1912) | Giacomo Balla



Aquellos que abogaban por inundar los museos han pasado a engrosar sus colecciones, los más revolucionarios se transformaron por obra y gracia del tiempo en convenciones históricas. A cien años, el futurismo es pasado, está pasado y el futuro del arte tal y como lo conocemos se presenta turbio, confuso hasta para los expertos. Los museos son cada vez más un circo, las exposiciones un show metálico, los artistas se convierten en autopromotores y proyectistas, las obras se alejan de la convención pero necesitan de las empresas y los bancos para que las financien, la crítica no sabe si investigar la historia del arte o las listas de precios de las grandes casas subastadoras. Como decía Bertold Brecht, son malos tiempos para la lírica. 

El romanticismo quedó muy atrás, tal vez en estos cuadros que animan las presentes páginas, que en su momento eran totalmente antirrománticos y más bien buscaban ser modernos a ultranza, todavía encontremos ese delirio transformador, esa potencia única que hizo de la primera mitad del siglo XX, una época de efervescencia y locura. La crisis permanente del arte y crisis económica coyuntural, de la que apenas empezamos a ver sus devastadores efectos, proveerá tal vez a lo creativo de nuevos valores y singularidades, la fe es lo último que se pierde. 


La calle penetra el edificio (1911) | Humberto Boccioni