El  Arte
Un elemento de diseño de interiores

Las sociedades suelen identificar cierta porción de los objetos que producen calificándola como “inapreciable” y es en esta selección en la que podemos encontrar a las obras de arte. Estos objetos privilegiados, productos de la plástica, son susceptibles de ser extraídos del mundo de las formas para entrar al mundo de lo concreto y exhibirse tanto en un espacio público (un museo o galería) como en la privacidad del hogar.


Muchas personas dedican una importante cantidad de tiempo y recursos en la elaboración de una colección privada de arte que sólo muestran en su domicilio. Parecería que al poseer  cierta pieza se hacen los dueños de la experiencia estética que esta provoca. Claro que esta ocurre de manera interna y es de naturaleza subjetiva, pues cada persona percibe en las obras de arte cosas distintas y es que las personas pueden llegar a desarrollar tanta compenetración con las piezas de arte que acaban viviéndolas de una manera muy íntima.

Otra razón por la cual las personas adquieren piezas de arte es por el estatus que estas les confieren. Aunque este sea un motivo menos espiritual, el invertir en arte generalmente se considera como un gesto de buen gusto que habla de una categoría cultural superior.

En cualquier caso, cuando la obra de arte contextualiza en un domicilio, a diferencia de un área de exposición, como un museo, donde cada aspecto del espacio ha sido controlado y subordinado a la presencia de la pieza, ésta se relaciona al resto de las cosas que ahí se encuentran y  si no se  establece algún tipo de orden lógico entre el conjunto decorativo, los resultados pueden llegar a ser inconvenientes.

 

El arte siempre sobresale

La evolución de la sociedad es, por sí misma, un proceso plástico en el que cada objeto de la cotidianeidad contiene un significado estético. A cada cambio en la ideología o los valores de la humanidad le corresponde una transformación de los gustos y la definición de lo bello. Este fenómeno es perfectamente claro en las modas, los estilos arquitectónicos y en general, en cualquier objeto producido por el diseño.

Mejores indicadores de los procesos estéticos resultan las obras de arte en los que la belleza se acompaña del conocimiento para adquirir significados mucho más complejos a los que contiene cualquier otro objeto. Las múltiples dimensiones en la pieza de arte hacen de ésta una coordenada definitiva en el espacio.

Para explicar el por qué cualquier pieza de arte se vuelve un punto de interés en donde sea que se le coloque debemos descubrir algunos de los efectos que esta tiene.

Podríamos empezar por la reacción emocional que la obra de arte tiene en quién la contempla; esta provoca un estado de ánimo, una serie de emociones valiosas que enriquece el ambiente o atmósfera del lugar en el que se encuentra. Por eso se dice que el arte, a diferencia de cualquier otro objeto, permite crear una situación de descarga emocional desarrollada a partir de quién experimenta la idea que contiene, ya que el arte genera fenómenos en la vida de quienes están en contacto con él.

Desde otro punto de vista, las distintas formas de arte pueden funcionar como una especie de lenguaje abstracto ya que es un sistema de signos que cumple con el esquema de la comunicación, porque cuenta con un transmisor, un código y un receptor. Incluso, durante las épocas de ideas  materialistas (en las que toda actividad humana tiene que tener una justificación práctica) el arte es reconocido como un lenguaje que se comunica con el espíritu de una manera intangible.

Además de todo esto, el arte es una fuente de entretenimiento, gracias a su capacidad de comunicar y a su presencia, que producen una cascada de emociones disfrutables de una u otra forma. En esta medida el arte funciona como una diversión espacial, ya que crea una red de sensaciones que no se formarían de otra manera. Considerado así es compresible que el arte siempre sobresalga dentro de cualquier grupo de objetos.

El arte y la decoración

Tal ves los teóricos de la estética no coincidan con esta aplicación tan mundana del arte como lo es la función decorativa del mismo. Muchos académicos sostienen  que el arte puro no persigue ningún fin en especial  sino que es gratuito. Por el contrario otros entendidos de la materia sostienen que el arte tiene funciones muy claras.

En cualquier caso, aunque la obra de arte no es un artefacto ésta puede tener un propósito, es decir, un fin más allá de la obra misma. Cuando se coloca una pieza de esta naturaleza dentro de un conjunto decorativo se relaciona con su entorno adquiriendo funciones que antes no tenía.

Un cuerpo corporiza el espacio -sea o no de una depurada plástica- ya que éste es algo intangible que se hace perceptible mediante las cosas que existen dentro de él, esta es la primera función del arte dentro del interiorismo. Más aún, la obra de arte con su sola presencia puede sugerir o imponer, según sea el caso, una determinada ordenación del espacio. Al sobresalir, por su carácter superior del contexto objetual en el que se encuentra, una pieza de arte genera espacio dentro del espacio. Con esto queremos decir que se vuelve una referencia importante  que dimensiona, secciona y hasta puede, en el caso de que la pieza tenga el tamaño suficiente, alterar la escala de un lugar.

Por esta razón al colocar una obra de arte es deseable que se busque el sitio exacto para que esta pueda complementar el espacio interactuando con él a manera de un diálogo que guarde coherencia y hasta simbiosis con el lugar. Cuando el arte se coloca de manera que compita con el resto de los objetos que ocupan el espacio (muebles o adornos en el caso de exhibirse en el hogar) se genera una estridencia que repercute en la ambiente de la habitación y que le resta lucimiento a la pieza.

Entonces, el savoire faire de la decoración radica en ubicar a la pieza de arte en una zona privilegiada donde brille por si misma, pero también que le aporte y realce a las cosas con las comparte el sitio ya que en una decoración exitosa la armonía entre las partes y el todo es fundamental.

 

El arte y la arquitectura

Tan importante es la atmósfera generada por un lugar que actualmente la arquitectura y el interiorismo consideran como una de sus metas más altas la de crear ambientes. Para un arquitecto el ambiente implica todo aquello que sucede dentro del espacio. Por donde sale o y se pone el sol, como se distribuye el calor y el frío,  como se percibe la línea del horizonte, o que relación guarda determinado espacio con el contexto urbano, estas son apenas unas muestras de los aspectos de los que se sirve el interiorismo para crear un ambiente.

Así, tenemos que la labor del arquitecto no consiste solamente en proyectar las construcciones sino también sugerir el cómo serán habitadas. Y esto incluye el compartir el espacio con el arte.

Dentro del espectáculo espacial que es la arquitectura, el arte ocupa un lugar protagónico por lo que, cuando un arquitecto sabe que una pieza de arte va ha ubicarse en un determinado lugar procura sensibilizar al máximo las características del mismo con la intención de lograr una atmósfera halagüeña para la pieza. De hecho, cuando se pretende exhibir una pieza de arte en el domicilio, es recomendable solicitar la asesoría de un interiorista que establezca un control en los aspectos arquitectónicos del lugar. Pues el secreto para tener una obra de arte en casa radica en considerarla más que un objeto estético como otro habitante del lugar.

El arte convive con las personas dentro del espacio y como ellas necesita de consideraciones dinámicas en su hábitat. Y es que debemos recordar que cualquier grupo de objetos contiene en sí mismo, una serie de valores que surgen a raíz del vínculo con las personas que las poseen y ni siquiera  las piezas de arte son la excepción.

Independientemente de las intenciones de su creador, los objetos considerados como arte también acumulan en sí las historias vitales de las personas que conviven cotidianamente con ellos.