EL HABITAR DE LOS OBJETOS

El mundo humano es un universo de diseño: en cualquier civilización, hasta en las más remotas, la concepción y producción de objetos es una muestra de la inagotable inventiva del ingenio humano. Desde siempre el diseño de las cosas se ha ocupado de su apariencia y función, pero conforme con la evolución de nuestra cultura los objetos han adquirido nuevas implicaciones.

Así, contrariamente de lo que pensábamos, la función de habitar el espacio no es privativa de las personas, ya que las cosas comparten los lugares con nosotros. Hasta en el rincón más recóndito de una habitación es posible encontrar algún objeto que represente los valores íntimos de quienes ahí moran. Y es que habitar significa ocupar el espacio, conectar lo lleno con lo vacío, pues para que el espacio sea realmente percibido requiere de referencias como las que ofrecen los objetos que se contienen en él. No es de sorprenderse entonces que nuestros hogares sean pequeños museos donde se exhiben objetos domésticos aparentemente sencillos y hasta insignificantes. Mucho de lo fascinante en cada una de estas colecciones radica en la manera en que las cosas se relacionan entre sí a pesar de su diversidad. Los objetos con los que compartimos nuestro entorno se vinculan no sólo por tener la misma ubicación geográfica, también por su valor simbólico, que es relativo a la persona que los posee. Las cosas de las que nos rodeamos hablan de nosotros, nos describen a los demás. Por eso se dice que es posible “leer una habitación”, ya que los interiores, como una especie de lenguaje a base de metáforas, son perfectos diagramas de la psicología de sus habitantes.

Así, tenemos que una de las características esenciales de los objetos modernos es la de ser abstraídos de su función práctica para adquirir un estatus simbólico. De esta manera las cosas dejan de ser sólo entes materiales inanimados para convertirse en “los más hermosos de los animales domésticos”, como los llama el sociólogo francés Jean Baudrillard.

UN LUGAR PARA CADA COSA Y CADA COSA EN SU LUGAR

Es un fenómeno sorprendente que en la época en que la arquitectura y el diseño han impuesto a la funcionalidad como el máximo valor de las cosas, mayor sea el aprecio subjetivo que tenemos de ellas. Así es como cada uno de nosotros construye en el hogar su universo de objetos, designándoles un lugar específico de acuerdo con su valor simbólico. Organización que podemos generalizar en el siguiente esquema, no sin antes aclarar que toda generalización es en principio una mentira. Por ello no dudamos de que haya más de una honrosa excepción a estos ejemplos.

EL OBJETO EN EL ESPACIO SOCIAL

Dentro de todos los lugares públicos que pueden existir dentro del hogar ninguno lo es más que la sala. Ésta suele ser la habitación más grande de la casa, donde los visitantes son recibidos. Aunque nadie realmente vive en ella, por ser el sitio que representa a la familia ante el público, ésta exige un mayor esfuerzo en su decoración. Los objetos o “adornos” que podemos encontrar habitando en la sala normalmente conjugan la estética de su presencia con valores de estatus que sirvan para establecer la posición de sus dueños. Ante todo, la sala es un espacio social. Un claro ejemplo de esto son las piezas de arte que se colocan en un lugar estratégico, de manera de no pasar inadvertidas (muchas veces incluso cuentan  con una iluminación particular). El arte exhibido de esta manera se vuelve un testimonio del patrimonio cultural y material de sus poseedores, subordinando su valor absoluto de obra de arte al de ser miembro de un conjunto de objetos con los que guarda una correlación decorativa y espacial. En una situación semejante a las piezas de arte se encuentran las antigüedades, objetos que por su origen también pertenecen al universo de lo singular. La presencia de objetos antiguos otorga otro tipo de estatus a sus poseedores: el de la autenticidad, una especie de alcurnia o aristocracia histórica que certifica la posición de la familia a través del tiempo. Probablemente a esto se deba el hecho de que muchos de los que poseen antigüedades las hagan pasar por herencias de familia, aunque no lo sean. Otro objeto que comúnmente se encuentra en la sala son los espejos, fuentes pasivas de luz que invariablemente privilegian al lugar en el que se les coloca. En los interiores, además de iluminar, los espejos multiplican el espacio, al menos visualmente. Simbólicamente la función del espejo es la de reflejar la imagen de su poseedor, el centro por antonomasia del conjunto de sus pertenencias.

Así es como el espejo desafía los límites físicos de los muros y concentra la atención en el centro de la habitación. En las salas también se colocan convencionalmente fl oreros y vasijas de distintos materiales, como cristal, plata y arcillas preciosas, por ejemplo porcelana, etc. Estas piezas aportan la belleza de su forma, efecto que se magnifica si contienen un excelso ramo de flores naturales que introduzcan color y frescura al lugar. Pero no hay que dejarse engañar por la aparente sencillez de estos artículos, pues ellos también tienen un significado implícito alusivo a los valores del “buen gusto”.

EL OBJETO EN EL ESPACIO PRIVADO

Ninguna habitación es tan propia y privada como la recámara. Este oasis personal es probablemente el lugar más importante de la casa: el último que habitamos antes de ir a dormir y el primero que percibimos al despertar.

Por esta razón en la recámara concentramos muchos de los objetos con los que tenemos mayor vínculo afectivo, aquellos cuya presencia nos resulta fraternal y hacen más acogedor al lugar en el que se encuentran. A lo largo de nuestras vidas todos adquirimos objetos a los cuales hacemos depositarios de sentimientos al grado de que prácticamente se vuelven nuestros amigos, y su valor material se vuelve del todo secundario ante la importancia de su valor simbólico. Así como los objetos de la sala reflejan la personalidad social de sus dueños, las cosas contenidas en la recámara son reflejo de su yo íntimo, ese que no se le muestra a cualquiera. En la recámara es posible encontrar otro tipo de espejos, por ejemplo los espejos fijos en el tiempo, como los son los retratos de familia que muestran a los habitantes del lugar en momentos felices, como en las vacaciones junto al mar o el día de la boda. Junto a estos recuerdos gráficos es posible encontrar curiosidades, como los souvenirs de un viaje o algún juguete de la infancia. Un común denominador de las cosas que se conservan en la recámara es que tienen la función simbólica de poner el pasado en orden, pues a fi n de cuentas los recuerdos son pequeños sentimientos suspendidos en el tiempo.

EL OBJETO EN EL ESPACIO FUNCIONAL

Si en la sala se exhiben los objetos de un estatus social único, así como en la recámara se guardan las cosas más queridas, entonces ¿dónde podemos encontrar objetos apreciados por su valor utilitario? La respuesta es sencilla: en los sitios de trabajo. Lugares como la cocina son espacios prioritariamente funcionales, donde la finalidad práctica de las cosas es esencial. Ninguna cocina está completa sin el equipo y los accesorios que hagan posible el acto de cocinar. Objetos más valiosos por su eficiencia que por su singularidad, por ejemplo en una batería de cocina no es tan importante si está hecha en serie o es un producto de marca, lo que cuenta es que en ella se pueda cocinar adecuadamente. Esto nos llevaría a la conclusión de que dentro del espacio funcional el objeto es valioso como una herramienta que permite un fi n determinado. Sin embargo, como el humano es el único animal simbólico ni siquiera la cocina se salva de adquirir valores diferentes de los de satisfacer nuestras necesidades referentes a la comida. Últimamente este espacio ha desarrollado una identidad creativa, se ha transformado en un lugar de convivencia donde satisfacer también las necesidades de compañía. De ahí que la cocina haya adquirido valores sociales y de estatus que se pueden apreciar claramente en mobiliarios que conjugan funcionalidad y estética, dándoles la misma prioridad. Esto se hace extensivo a los objetos y accesorios culinarios, que ahora tienen que presentar un grado de sofisticación digna de un chef cordon bleu. La cocina social ha dado pie a una nueva generación de objetos de diseño en los que otros valores están a la par del de la funcionalidad. Tomemos como ejemplo un exprimidor de naranjas diseñado por Philippe Starck, cuya forma arquitectónica bien podría ser la de un rascacielos, o la famosa tetera con el pajarito que silva diseñada por Michael Graves para Alessi.

Parece ser que no hay vuelta atrás en la cultura objetual contemporánea. Las cosas son y seguirán siendo una parte importante de nuestra vida, fi eles compañeras y cohabitantes de nuestro espacio.