El crecimiento desmedido de la CDMX generó problemas de convivencia; los cuáles, de atenderse, ayudarían a retomar una convivencia saludable.

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No es casualidad que las palabras ciudad, ciudadano, civismo y civilidad, deriven del latín civitas. La ciudades, según muchos, son el mejor invento de la humanidad, pues nacieron para congregar a los hombres y hacerlos vivir en sociedad. Las ciudades, que hasta 2007 eran la excepción, ahora albergan al 60% de la población mundial y en 2050 agruparán al 75 por ciento. Las ciudades representan muchas ventajas para el género humano: mejor salubridad y aumento en la esperanza de vida; más seguridad, crecimiento económico, innovación, educación y cultura. Sin embargo, estos conglomerados humanos necesitan de una serie de reglas acordadas y respetadas por todos, para su buen funcionamiento

Ser ciudadano implica tener derechos civiles y políticos, y el civismo norma su comportamiento, esperando el respeto a las leyes y una contribución al funcionamiento correcto de la sociedad, así como al bienestar de los demás miembros de la comunidad. En ciudades tan grandes, diversas y complejas, como la CDMX estos acuerdos básicos son difíciles de formular; ya que, lograr que las mayorías asuman plenamente su rol, es una tarea difícil.

Hasta los años 70 y 80's del siglo pasado, la CDMX tenía niveles de convivencia muy razonables aunque ya era una ciudad muy grande; en parte porque no había inseguridad perceptible ni grandes problemas de movilidad. Tampoco se percibían los problemas ambientales. No obstante, en las últimas décadas perdimos muchos de estos atributos por el aumento de la población, el crecimiento desproporcionado de la mancha urbana y la proliferación de mafias en muchos aspectos de la vida cotidiana (transporte, ambulantes, policía, pipas de agua). Todo ello ha tensado la convivencia de manera muy importante.

Además, la concepción de ciudadanía se diluyó por la migración del campo a la gran metrópoli: atraída por mejores oportunidades para las familias. Cabe señalar que estos recién llegados necesitan por lo menos una generación para insertarse adecuadamente en la sociedad urbana. Por su parte los partidos y grupos políticos han hecho de la incivilidad y violación de las leyes una práctica común. Muchos grupos patrocinados por ellos actúan al margen de las normas: afectando notoriamente los derechos y la calidad de vida de la colectividad.

Como el deterioro de la civilidad es paulatino, sus peores efectos no se empiezan a ver hasta que ya son parte de las conductas aceptadas; por ejemplo, la falta de respeto a mujeres y ancianos; agresividad al manejar; la inadecuada disposición de basura o el abandono del espacio público. Todas son pequeñas acciones individuales que, sumadas, han modificado para mal la convivencia cotidiana haciendo la vida de todos más compleja y estresante. Los cuerpos de seguridad que debieran ser los garantes del cumplimiento de dichas normas de convivencia las aplican de manera selectiva y ellos mismos las transgreden en muchas ocasiones.

Aunque al gobierno le toca una buena parte de la responsabilidad para restaurar el civismo en nuestra vida cotidiana no debemos abdicar como ciudadanos. Unas cuantas acciones sencillas, si se adoptan por segmentos importantes de la sociedad, pueden ayudarnos a esta necesaria restauración: el cuidado y mantenimiento del espacio público, la cortesía al manejar autos privados, camiones de carga o transporte público, la limpieza (como antes) del frente de nuestras casas, el cuidado de los jardines ó el respeto a mujeres, ancianos y niños deben ser paulatinamente recuperados.

Paradójicamente a los centenares de ONG´s que intentan mejorar aspectos cruciales de la ciudad, ninguna se ha constituido para algo tan sencillo de formular aunque tan complejo de resolver. Tampoco existe ningún sitio de internet ni aplicación alguna que quiera rescatar la tan necesaria civilidad. Tal vez es el momento de intentarlo. Todos deberíamos tratar de ser mejores chilangos.