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El nacimiento del Arte Moderno

... si muestro la menor debilidad —sobre todo si pienso mientras estoy pintando—, si me entrometo, entonces todo se desploma y se pierde. 

Paul Cézanne


Apples and Oranges 1895-1900

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Este año se cumple un siglo de la muerte de Paul Cézanne (1839-1906). Murió tras agarrar un resfriado debido a que lo sorprendió un chaparrón mientras pintaba su último cuadro; duró cinco días, tenía entonces 68 años y apenas empezaba a ser reconocido, su primer gran éxito lo había tenido realmente un par de años antes, en el Salón de Otoño de París. Los cuadros que vendió antes de su muerte se podrían contar con los dedos de una mano. Fue muy incomprendido durante toda su carrera pero, casi inmediatamente después de la muerte, su influencia creció hasta extremos impredecibles, expandiéndose hasta nuestros días. Antes de eso más bien había sufrido burlas por su aparentemente estilo burdo, ni impresionista ni realista. Tal vez ese era el quid de la cuestión: Cézanne peleó toda su existencia contra viento y marea para hacer del arte algo serio otra vez, una especie de nuevo Renacimiento. Un arte que no fuera intelectual, pero tampoco inocuo, un arte que no fuera copia de la realidad, pero que ofreciera una realidad, un arte que se debiera sobre todo a sí mismo, a lo que el arte plástico es en cuanto a sus propios parámetros plásticos. Cuando pinto no pienso en nada: veo colores que se ordenan como ellos quieren; todo se organiza, árboles, rocas, casas, por medio de manchas de color. Sólo siguen existiendo colores, y en ellos la claridad, el ser que los piensa.


The Great Bathers 1900-1906

Paul Cézanne nace en 1839 en una ciudad de la provincia francesa llamada Aix en Provence, su padre era sombrerero y llegó a tener un banco, así que nunca tuvo verdaderos apuros económicos como los tenían muchos de los jóvenes pintores prevanguardistas de la época. Durante la secundaria asistió al colegio Bourbon, donde se hizo amigo inseparable de Émile Zola, el futuro insigne escritor de grandes obras literarias que lo hicieron famoso en el mundo. En plena adolescencia parece más interesado por la literatura que por la pintura. Acabó el bachillerato en 1858, intentó estudiar la carrera de Derecho, pero no obtuvo grandes resultados. Empieza a visitar museos y a interesarse por las cuestiones pictóricas, se apunta en clases de dibujo en la escuela de bellas artes de su ciudad. Le resulta fácil el estilo académico y gana el segundo lugar en el certamen de final de curso. Consigue librarse del servicio militar pagando para que otro vaya por él. Cada vez se interesa más por el arte del pasado y por el arte nuevo, los movimientos renovadores que apenas se están cociendo en la marmita parisina. Hacia allá se va Zola dejando solo al joven Paul, que cada vez se siente más asfixiado por el prosaico ambiente provinciano, él también sueña con la Ciudad Luz.

 La soledad lo vuelca por completo en el arte; decide, en un arrebato típicamente juvenil, consagrar su vida a la pintura. Por supuesto, los padres están en contra, pero ante la vehemencia demostrada por el futuro artista le permiten ir a probar suerte a la capital francesa, con una modesta mensualidad para que no pase apuros. Su madre y su hermana lo acompañan y lo ayudan a instalarse. Una vez en París, Zola lo convence de inscribirse en la Academia Suiza, donde conoce a Monet, a Manet y sobre todo a Pisarro, que lo anima mucho a comprometerse con lo creativo. Pero Cézanne es demasiado exigente consigo mismo y no le gusta nada de lo que hace, duda de su talento, se siente fuera de lugar y regresa a Aix en Provence, decepcionado. Pero el veneno creativo ya le ha sido inoculado, vuelve a pintar, se hace arreglar un estudio en la casa de campo familiar, trabaja y trabaja hecho un manojo de dudas hasta que en 1863 decide regresar a París. Participa en el Salón de los Rechazados, donde el Almuerzo campestre de Manet causa escándalo y burla. En estas muestras se presentaban las obras que no habían sido aceptadas por el Salón de la Academia, que durante años seguirían despreciando la obra de Cézanne. Conoce a la modelo Hortense Fiquet, a la que hará su amante y luego su esposa, sin que lo sepa la familia. Con ella se escapará una temporada para evitar que lo recluten en la guerra franco-prusiana. En 1872 nace su hijo Paul. Hace escapadas al campo, algunas con Pisarro, se queda un tiempo en la casa del Dr. Gachet, en Auvers, donde luego conocerá a Van Gogh.  En 1874 lo convencen de participar en una exposición en el estudio del fotógrafo Nadar, con una serie de pintores, escultores, grabadores y demás que forman La Sociedad Anónima de Artistas. Son un conjunto heterogéneo de creadores abiertamente antiacadémicos que serán pronto rebautizados como “impresionistas”, término utilizado por un periodista en una reseña y extraído del cuadro presentado por Monet en esa ocasión: Impresión, Este año se cumple un siglo de la muerte de Paul Cézanne (1839-1906). Murió tras agarrar un resfriado debido a que lo sorprendió un chaparrón mientras pintaba su último cuadro; duró cinco días, tenía entonces 68 años y apenas empezaba a ser reconocido, su primer gran éxito lo había tenido realmente un par de años antes, en el Salón de Otoño de París. Los cuadros que vendió antes de su muerte se podrían contar con los dedos de una mano. Fue muy incomprendido durante toda su carrera pero, casi inmediatamente después de la muerte, su influencia creció hasta extremos impredecibles, expandiéndose hasta nuestros días. Antes de eso más bien había sufrido burlas por su aparentemente estilo burdo, ni impresionista ni realista. Tal vez ese era el quid de la cuestión: Cézanne peleó toda su existencia contra viento y marea para hacer del arte algo serio otra vez, una especie de nuevo Renacimiento. Un arte que no fuera intelectual, pero tampoco inocuo, un arte que no fuera copia de la realidad, pero que ofreciera una realidad, un arte que se debiera sobre todo a sí mismo, a lo que el arte plástico es en cuanto a sus propios parámetros plásticos. Cuando pinto no pienso en nada: veo colores que se ordenan como ellos quieren; todo se organiza, árboles, rocas, casas, por medio de manchas de color. Sólo siguen existiendo colores, y en ellos la claridad, el ser que los piensa.


Self - Portrait 1879-1882

Paul Cézanne nace en 1839 en una ciudad de la provincia francesa llamada Aix en Provence, su padre era sombrerero y llegó a tener un banco, así que nunca tuvo verdaderos apuros económicos como los tenían muchos de los jóvenes pintores prevanguardistas de la época. Durante la secundaria asistió al colegio Bourbon, donde se hizo amigo inseparable de Émile Zola, el futuro insigne escritor de grandes obras literarias que lo hicieron famoso en el mundo. En plena adolescencia parece más interesado por la literatura que por la pintura. Acabó el bachillerato en 1858, intentó estudiar la carrera de Derecho, pero no obtuvo grandes resultados. Empieza a visitar museos y a interesarse por las cuestiones pictóricas, se apunta en clases de dibujo en la escuela de bellas artes de su ciudad. Le resulta fácil el estilo académico y gana el segundo lugar en el certamen de final de curso. Consigue librarse del servicio militar pagando para que otro vaya por él. Cada vez se interesa más por el arte del pasado y por el arte nuevo, los movimientos renovadores que apenas se están cociendo en la marmita parisina. Hacia allá se va Zola dejando solo al joven Paul, que cada vez se siente más asfixiado por el prosaico ambiente provinciano, él también sueña con la Ciudad Luz.

 La soledad lo vuelca por completo en el arte; decide, en un arrebato típicamente juvenil, consagrar su vida a la pintura. Por supuesto, los padres están en contra, pero ante la vehemencia demostrada por el futuro artista le permiten ir a probar suerte a la capital francesa, con una modesta mensualidad para que no pase apuros. Su madre y su hermana lo acompañan y lo ayudan a instalarse. Una vez en París, Zola lo convence de inscribirse en la Academia Suiza, donde conoce a Monet, a Manet y sobre todo a Pisarro, que lo anima mucho a comprometerse con lo creativo. Pero Cézanne es demasiado exigente consigo mismo y no le gusta nada de lo que hace, duda de su talento, se siente fuera de lugar y regresa a Aix en Provence, decepcionado. Pero el veneno creativo ya le ha sido inoculado, vuelve a pintar, se hace arreglar un estudio en la casa de campo familiar, trabaja y trabaja hecho un manojo de dudas hasta que en 1863 decide regresar a París. Participa en el Salón de los Rechazados, donde el Almuerzo campestre de Manet causa escándalo y burla. En estas muestras se presentaban las obras que no habían sido aceptadas por el Salón de la Academia, que durante años seguirían despreciando la obra de Cézanne. Conoce a la modelo Hortense Fiquet, a la que hará su amante y luego su esposa, sin que lo sepa la familia. Con ella se escapará una temporada para evitar que lo recluten en la guerra franco-prusiana. En 1872 nace su hijo Paul. Hace escapadas al campo, algunas con Pisarro, se queda un tiempo en la casa del Dr. Gachet, en Auvers, donde luego conocerá a Van Gogh.  En 1874 lo convencen de participar en una exposición en el estudio del fotógrafo Nadar, con una serie de pintores, escultores, grabadores y demás que forman La Sociedad Anónima de Artistas. Son un conjunto heterogéneo de creadores abiertamente antiacadémicos que serán pronto rebautizados como “impresionistas”, término utilizado por un periodista en una reseña y extraído del cuadro presentado por Monet en esa ocasión: Impresión, sol naciente.


The house of the Hanged Man at Auvers.

Volverá a exponer con los impresionistas un par de veces, pero nunca se sentirá uno de ellos, sus preocupaciones van más allá de la subjetividad de una “impresión”, él pretende un arte más sólido, un arte que inspirado en la naturaleza ofrezca a la vez otra naturaleza, la del arte mismo, la de cuadros cuya lógica sea interna, obras autónomas y autorreferentes. Eso es lo moderno que aportará Cézanne al devenir artístico, enfrentar el sentido de la pintura mirando hacia el interior del cuadro. De ahí al cubismo, al expresionismo o a la abstracción sólo hay un paso.

En 1878 se regresa de nuevo a Aix, el aislamiento y la soledad le vienen bien, su estilo evoluciona más rápido separado de los otros pintores de la época. Parte igual que ellos del color, pero no para capturar la luz o la atmósfera sino para construir el volumen. Utiliza pinceladas planas de colores contrastados, los passages, que resuelven de algún modo el problema impresionista de la disolución de la forma en los efectos lumínicos. Sus cuadros adquieren solidez a la vez que una gran armonía interna. Se dedica al paisaje, repite decenas de veces los mismos motivos, también bodegones y retratos. Pisarro lo visita con frecuencia, también Renoir, a veces pinta con Monet; Gauguin, en su época de especulador bursátil, compra alguno de sus cuadros, pero él trabaja aparte de todos ellos, su búsqueda se hace cada vez más obsesiva y desconectada de sus contemporáneos. De diferentes conversaciones y cartas de     Cézanne con distintos amigos y periodistas (Émile Bernard, Maurice Denis o Joaquím Gasquet) entresacamos algunas de sus propias ideas sobre la pintura: Pintar significa registrar y organizar sensaciones cromáticas. En el pintar, ojo y cerebro deben prestarse mutuo apoyo: es preciso trabajar para su recíproca formación, a través de la lógica evolución de sensaciones coloreadas. [...] Entonces los cuadros serán construcciones que se enfrentan con la naturaleza. En la naturaleza todo se moldea según la esfera, el cono y el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas formas simples, y entonces podrá uno hacer todo lo que desea. [...] No es lícito aislar el dibujo del color: es como si quisiérais pensar sin palabras, solamente con números y signos. Mostradme en la naturaleza algo dibujado. [...] No existe ninguna línea, no existe ningún modelado, sólo existen contrastes. Pero los contrastes no son blanco y negro, sino movimientos cromáticos.

Es admitido por primera y única vez en el Salón en 1882, y eso porque Guillemet, uno de los jurados, lo presenta como alumno suyo. En 1886 finalmente se casa con Hortense tras obtener la bendición de su padre, que muere poco después dejándole una considerable fortuna. Ese mismo año se pelea con Zola cuando éste publica L´Oeuvre, una novela en la que retrata a un pintor fracasado con quien el siempre inseguro Cézanne se ve identificado. Terriblemente humillado, ofendido en lo más hondo, no quiere volver a verlo, nunca podrá perdonarlo, perdiendo así al que había sido su mejor amigo desde la adolescencia. Hacia 1890, tras un largo viaje por Suiza, empieza a mostrar los primeros síntomas de una diabetes galopante que minará rápidamente su salud y afectará su vista, aunque no su trabajo en el que seguirá obstinado hasta el fin. Las naturalezas muertas le permiten plantear su búsqueda más que cualquier otro motivo, más que el paisaje mismo. Al reducir la anécdota al mínimo, desapareciendo toda narración, toda carga psicológica, todo sentimentalismo, puede abordar los elementos básicos que encuentra disponibles y hacer pintura, simple y llanamente pintura. ¿Qué no pueden ser seis manzanas? Existe relación entre cada una de ellas, y el color y el volumen [...]. Cuanto más se las mira, más rojas y redondas y más verdes y pesadas parecen las manzanas [...]. Su propio pigmento parece desafiarnos, tocar alguno de nuestros nervios, estimular, excitar [...], suscita en nosotros palabras donde no creíamos que hubiera palabras, sugiere formas donde antes no veíamos más que vacío. Así escribía Virginia Wolf en 1910 tras contemplar una docena de cuadros de Cézanne, en Londres, en una de las primeras exposiciones fuera de Francia de la obra del artista.

La galería de Ambroise Vollard en París será testigo en 1895 de su primer éxito, relativo por supuesto, entre un público joven abierto a nuevos caminos.  Tiene entonces 56 años. También está ahí para aplaudirlo la vieja guardia impresionista: Monet, Renoir, Pisarro y Degas. Poco a poco su prestigio se va consolidando. Empieza a trabajar en las mil y una variaciones de la Montaña de Santa Victoria, que retomará una y otra vez hasta el fin de sus días. El tema es lo de menos, lo importante es pintar a conciencia. También entre finales del siglo XIX y principios del XX Cézanne retoma el tema del desnudo femenino que había tratado anteriormente y lo reelabora en multitud de telas y acuarelas, entre ellas destacan las cuatro versiones de Las grandes bañistas, que son además sus cuadros de mayor formato. Aquí se ve claramente el desprecio del artista por toda ilusión de movimiento, de expresión u otros aspectos anatómicos. Se trata más que nada de un problema de estructura, de composición sobre la superficie bidimensional del cuadro, cada trazo, cada pincelada y cada color tienen sentido en relación con todo lo demás, cada detalle forma parte de un conjunto que vibra armónicamente, un conjunto que es el cuadro mismo y su sentido último.


Mont Sainte - Victoire, View from Lauvers 1902-1904

Presenta varias obras en la Exposición Universal de París de 1900 y se retira, bastante enfermo, a su vieja Aix en Provence. En 1905 una encuesta del diario Le Mercure de France hace notar la creciente influencia de Cézanne sobre los jóvenes pintores del momento, entre los que se larvaba      el cubismo. Alejado del mundanal ruido el artista se entrega, pese a sus achaques, a la pintura de forma casi compulsiva, todos los días sale al campo para trabajar al aire libre. Como diría después Picasso: que las musas te encuentren trabajando. En una tarde de octubre, mientras trabaja infatigable, lo sorprende la tormenta que acabará con su vida. Un año después de su muerte más de cincuenta cuadros componen una gran exposición conmemorativa en el Salón de Otoño. Desde entonces su fama e importancia en el panorama artístico no ha dejado de aumentar. Las vanguardias históricas extrajeron de él una pureza de la que posiblemente ni él mismo era consciente, para Cézanne pintar y vivir siempre fueron la misma cosa, elevaron su figura al rango de mito y los ecos de su influencia llegan hasta nuestros días.

En 1936 Lionello Venturi escribía: Cézanne pertenece a aquella heroica época del arte y la literatura que en Francia pensó encontrar el camino nuevo hacia la verdad natural, superando el romanticismo mismo para transformarlo en arte estable. No hay nada de decadente ni de abstracto, no hay arte por el amor al arte en el carácter y la obra de Cézanne: nada excepto una innata e indomable voluntad de crear arte.