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Edward Soledad en Babilonia Hopper

Nunca he intentado ser de la escena americana…

Creo que los pintores de la escena americana caricaturizaron el país. Siempre he querido ser yo mismo.

Edward Hopper

Edward Hopper conforma junto a su opuesto Jackson Pollock los dos extremos de un arco que cubre el arte americano moderno, un arte característico que poco debía a las vanguardias clásicas europeas. Ya lo apuntaba en 1927 en uno de sus escasos pronunciamientos públicos el artista que hoy traemos a colación: Ahora o en un futuro próximo, el arte americano se separará de su madre francesa.


Autómata 1927

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Es uno de los artistas norteamericanos de pura cepa —pese a sus inicios impresionistas— más importantes de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, desde luego. El estilo de este artista es plenamente reconocible como de su mano casi desde el principio de su carrera, que fue evolucionando, madurando, lento pero seguro, sin estridencias ni concesiones. De la temática qué se puede decir, sus escenas de la soledad en la gran ciudad que parecen sacadas de películas de los 50, del aislamiento irrompible pese a la masificación de la vida urbana, son perfectamente identificables para el mínimo conocedor. Restaurantes, oficinas, gasolineras, estaciones de ferrocarril, ventanas, patios traseros o edificios grises pueblan sus cuadros donde el elemento humano aparece siempre ensimismado, desconcertado por una vida que amenazaba con derrumbarse en un tiempo de crisis de identidad norteamericana antes del resurgimiento del american way of life tras la Segunda Guerra Mundial. Eran los días de la gran depresión. Días en los que los artistas del momento trataban con poca efectividad de librarse de la influencia europea, de la gran sombra, valga el absurdo, que la Ciudad Luz proyectaba sobre la Babilonia neoyorquina.


Autorretrato 1925 - 1930

El artista trabajó durante años en sus obras siempre misteriosas, un tanto realistas y también surrealistas, en las que la atmósfera se logra con una simplificación rigurosa de lo representado. Sus cuadros nada tienen que ver con fotografías de la realidad, aunque muchos fotógrafos hayan querido reproducir ese ambiente irreproducible. Sabe muy bien qué pinta y cómo lo pinta, tal vez tras sus cuadros se esconde un eterno depresivo, pero las obras vibran, esos momentos fugaces, esas luces y sombras se eternizan, trazando el panorama de un país y de un tiempo.

Edward Hopper nace en 1882 en Nyack (New Jersey), procede de una familia de pequeños comerciantes. Tras la secundaria ingresa en una escuela de arte para publicidad, primero accede a los rudimentos de la ilustración y luego a la pintura, con mayúscula. Después se matricula en algunos cursos en la Escuela de Arte de New York, donde queda definida su vocación como hacedor de cuadros. Al terminar la carrera decide vivir un año en París, donde aprende sus propios instrumentos plásticos sin prestar atención a lo que sucede en esos momentos. Apenas un año después Picasso pintaría Las señoritas de Avignon, pero no le interesa el cubismo, ni siquiera Cézanne, prefiere la precisión de Courbet, la luz de Rembrandt o lo caricaturesco de Daumier. Le gusta el impresionismo muy anterior a los primeros coqueteos abstractos, le fascina Manet, su sorprendente manejo de la luz y el color, de la atmósfera local. Dibuja escenas de las calles de París, sus personajes típicos, fiestas, desfiles, edificios y muy pocos paisajes... Desde 1908 se instala en Nueva York y, a la par que pinta sus obras siempre originales, trabaja de ilustrador y diseñando carteles publicitarios.

En el desarrollo de todo artista siempre se encuentra el plan de la obra futura ya en la obra primeriza. El núcleo, en torno al cual el artista levanta su obra, es él mismo; es el yo central, la personalidad o como se la quiera llamar, y esto apenas cambia desde el nacimiento a la muerte. Lo que una vez fue el artista, lo es siempre con leves variaciones. Los vaivenes de las modas en relación con los métodos o los temas le cambian poco o nada

En 1913 participa en la gran exposición del Armory Show, donde causaría escándalo el famoso Desnudo bajando una escalera de Marcel Duchamp, que uniría el trabajo de las más avanzadas corrientes de la vanguardia europea con los incipientes pasos de una modernidad americana que llegaba con cierto retraso al panorama plástico mundial, pero que muy pronto se pondría al día. En 1917 participa en la Primera Exposición Anual de la Sociedad de Artistas Independientes Norteamericanos. Expone con regularidad y su prestigio se va asentando lentamente. En 1924 se casa con Josephine “Jo” con la que compartirá 30 años de su vida. Para 1933, seis años antes de la Segunda Guerra Mundial, ya es muy conocido en el país y una gran retrospectiva reúne su trabajo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Al terminar la contienda recibe el título de Doctor Honoris Causa por el Instituto de Arte de Chicago. Es memorable su participación de 1952 en la Bienal de Venecia. Toda la vida de Hopper fluctúa de la tranquilidad a la tristeza, sin muchos cambios de domicilio ni viajes espectaculares ni grandes conflictos, salvo el continuo con su esposa, una mujer de carácter difícil de la que no llegará a separarse nunca y será la modelo de muchas de sus imágenes femeninas.


Habitación junto al mar 1951

Cuando pinto, siempre me propongo usar la naturaleza como un medio para intentar conjurar en el lienzo mis más íntimas reacciones ante el objeto tal y como aparece cuando más me gusta. Cuando los hechos concuerdan con mis intereses y con lo que había imaginado previamente. ¿Por qué prefiero escoger determinados objetos en lugar de otros? Ni yo mismo lo sé a ciencia cierta, excepto que sí creo que son el mejor medio para un resumen de mi experiencia interna.

 

Maestros americanos, la voz y el mito

Brian Doherty Nueva York, 1973

Desde 1910 no volvió a Europa, aunque sí viajó por su país y varias veces visitó México. En realidad no se movió mucho de su estudio en el Village de Manhattan o de su departamento de Washington Square North, apenas sus veraneos en Cape Cod. Su desplazamiento era siempre de dentro hacia fuera, desde su yo íntimo hacia el mundo mediante sus cuadros.

Dos grandes retrospectivas de su obra se hicieron en el Museo Whitney de Arte Estadounidense, primero en 1964 y después en 1980. Finalmente, sus hijos donaron toda su obra a esta institución que la preserva desde entonces. Antes, en 1967, representó a su país en la Bienal de Sao Paulo. Ese mismo año tras una estancia de varias semanas en el hospital muere en la tranquilidad de su estudio de Nueva York. Un año después lo sigue su inseparable esposa.

En los cuadros de Hopper siempre parece que algo ha ocurrido o está por ocurrir, es el relax tras la acción o la tensión previa a la batalla emocional, nunca lo sabemos del todo, no parece importar, el hecho es que la realidad se ha congelado en el preciso instante en que los sentimientos o la acción quedan en suspenso. El artista era un genio para mostrar el espacio entre las cosas, entre las personas, haciendo patente la distancia entre los individuos aislados en su propia inquietud: Toda la vida sofocante y de oropel de la pequeña población americana, esa triste desolación del paisaje de los alrededores de nuestras ciudades.

La evolución del artista se desarrolla desde la técnica impresionista de sus principios hasta lograr un estilo propio caracterizado por el trazado preciso, contrastado, armonizado por el juego de tonos y el manejo de los colores rebajados, agrisados. Los motivos de la naturaleza cada vez son más sustituidos por el paisaje urbano: carreteras, líneas férreas, edificios y automóviles. El hombre o la mujer son siempre protagonistas de esa desazón que provoca la huída del campo y el no hallarse del todo a gusto en la ciudad anónima, muchas veces opresiva. Partiendo del concepto verista, incluso del fotorrealismo, define un estilo propio, donde la estructura del cuadro se antepone a la necesidad de reproducir lo visto. Lo que vemos aquí no es una instantánea del mundo, sino un cuadro dominado por sus propias leyes plásticas, de la luz, de perspectiva, de color y forma, de intenciones y expresividad. Principio y fin de toda actividad artística es la reproducción del mundo en torno al yo, a través del mundo interior, escribía J. W. Goethe en 1774.

Sus cuadros pueden parecer realistas, que congelan una escena que podríamos encontrar en aquellos años en las ciudades y suburbios norteamericanos, pero no es cierto rigurosamente, es la pintura misma la que inventa esas escenas que para poder reproducir de forma simplemente fotográfica necesitaría de una gran producción, con iluminación, modelos y bastante atrezzo.

Hopper no reproduce la realidad sino que la inventa cada vez en el cuadro, sus imágenes se parecen por encima de todas las cosas a sí mismas, son plenamente identificables como salidas de su pincel calmado y racional      

Quizá no sea muy humano. Mi deseo era pintar la luz del sol en la pared de una casa.


Oficina en una ciudad pequeña 1927