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Morandi  El arte de la modestia


Bodegón, 1916

... creyente en el arte por el arte, antes que en el arte con la religión, la justicia social o la gloria nacional. Nada me es más ajeno que un arte que pretende servir a fines que no sean los implicados por la obra misma. 

Giorgio Morandi

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Giorgio Morandi (1890-1964) es un artista italiano muy poco conocido para quienes tienen del arte plástico universal una noción no demasiado profunda; de hecho, es uno de esos pintores que gustan sobre todo a otros pintores, un artista cuya importancia ha ido creciendo muy lentamente después de la segunda mitad del siglo XX. Para el profano que acceda casualmente a su obra puede que no existan razones para valorarlo como lo haremos a continuación, sus temas y motivos son nimios, su estilo plástico sosegado, sus colores grises, sus intenciones aparentemente modestas… Pero he ahí el quid de la cuestión, la modestia, la contención, el dominio de lo propio, hablamos de un trabajo que irradia una grandiosidad que no se mide en centímetros cuadrados, sino que se expande más bien en el tiempo, en el empeño creativo más que en la repetición.


Bodegón, 1919.

Sus bodegones son inconfundibles aunque sean de etapas diferentes, bodegones metafísicos o bodegones futuristas, bodegones casi abstractos o casi geométricos, en definitiva todos son bodegones a lo Morandi, más bien naturalezas muertas que adquieren vida en cuanto nuestra mirada se posa en ellos, que poseen una sustancia que va más allá de la superficie bidimensional de la tela o el papel, una sustancia que caracteriza siempre a la verdadera pintura.

Por eso gusta a otros pintores, porque por mucho que nos empeñemos sólo podemos encontrar en sus cuadros asuntos plásticos, cuestiones artísticas, sin referencias sociales políticas o siquiera personales. Son cuadros de reducido formato sin el más mínimo efectismo, eso también es extraordinario, sólo pretenden una cosa: ganar la batalla de las formas y los colores, ganarse a sí mismos, constituirse como cuadros, verdaderas piezas de arte sin contenido místico, ni mágico ni provocativo, sin juegos fáciles o difíciles; pero, eso sí, llenos de secretos, secretos que son una sombra, una distancia entre botellas, un tono sucio, secretos que son despejados en el momento en que dejamos de tratar de comprender qué demonios quería decir el artista, y miramos y vemos, nada más eso, todo eso. Cuadros, la mayoría, de menos de medio metro de lado pero que adquieren el rango de mundos.   

Morandi entregó en cuerpo y alma todas las horas de todos los días de su vida a pintar lo suyo, nunca se cansó de su estudio malamente iluminado y atestado de cachivaches, de los verdaderos protagonistas de sus cuadros, los objetos comunes de la casa familiar.


Bodegón 1938

 Nació en Bolonia, en 1890, en una familia de clase media; tras terminar los estudios de bachillerato trabajó un año junto a su padre en una oficina de exportación. Enseguida sintió el gusanillo de la vocación pictórica y se matriculó en la Academia de Bellas Artes de su ciudad. En esa época viaja mucho por Italia, absorbiendo el arte clásico que saturaba los museos, pero sin dejar de ser consciente de las nuevas corrientes vanguardistas que rebullen desde Francia. Tras graduarse se dedica a enseñar dibujo y grabado en escuelas públicas. La guerra, como a tantos de su generación, se lo lleva por delante, aunque regresa, gravemente enfermo, pero regresa. Tardará años en recuperarse del todo, el ritmo de su pintura se adhiere al ritmo de su vida. En 1930 fue nombrado profesor de grabado en la Academia de Bellas Artes, puesto que mantendrá hasta 1956.

En todos estos años su vida es un ir venir de la Academia a la casa que comparte con su madre y tres hermanas solteras. Enseña y pinta, pinta y enseña, sin prisas ni presiones, trabaja constante y metódicamente, hasta su muerte, exprimiendo el bodegón hasta el final, sin cansarse nunca de jarrones y cafeteras, platos y botellas, sin cambios bruscos ni dramas.

De su vida cotidiana ausente de conflictos poco podemos extraer para tratar de acercarnos a él y a su obra, tenemos que ceñirnos a la obra misma, a la vida de la obra en sí. Volviendo atrás en el tiempo y pensando en las influencias, o más bien los entornos en los que se desarrolló Morandi, es claro que nunca estuvo tan desconectado como parece. Hacia 1914 conocerá a Boccioni y a Carrá y participará con ellos en la primera exposición futurista en la galería Sprovieri de Roma. El futurismo italiano es quizá el primer movimiento de vanguardia en la historia del arte occidental, primero en el sentido revolucionario –aunque luego deviniera fascista–, y también en el sentido de sustentarlo dialécticamente con manifiestos incendiarios. El punto número uno del “Manifiesto del Futurismo” de F. T. Marinetti, de 1909, decía:

Queremos cantar el amor al peligro, al hábito de la energía y de la temeridad. El punto número tres es trascendental y sugerente: Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras adornado con grandes tubos como serpientes de aliento explosivo (…), un automóvil rugidor que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia. Un año después son los artistas los que responden al llamado publicando su “Manifiesto de los pintores futuristas”, de 1910, donde podemos leer: Nuestra creciente ansia de verdad ya no puede contenerse con la forma y el color, tal y como hasta ahora fueron comprendidos. El ademán que en el lienzo queremos reproducir no será ya un instante detenido del dinamismo universal. Será, simplemente, la propia sensación dinámica. El espacio ya no existe. En efecto, el pavimento de la calle, mojado por la lluvia y bajo el brillo de las lámparas eléctricas, se abre inmensamente hasta el centro de la tierra.


Bodegón,1951

 Como podemos imaginar la adhesión de Morandi al Futurismo fue más de compañerismo artístico que por afinidad tanto formal como ideológica, aunque durante muchos años algunos autores le reprocharon su pasado fascista, en realidad para Morandi tanto el futurismo como el fascismo significaron una parte mínima de su vida creativa. Son apenas estilos que entran y salen de su obra como fantasmas pero que no alteran un desarrollo muy propio. Otro tanto podemos decir de sus vínculos con el movimiento de la pintura metafísica. En 1918 conoce a Mario Broglio, fundador de la revista Valori Plastici, que un año después le presenta a De Chirico. Es cierto que pinta algunos cuadros al estilo metafísico, ese precursor del surrealismo más contenido y misterioso, pero no dejan de ser sus mismos bodegones de siempre con un tratamiento más acerado y frío.

Hermoso como el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de quirófano, escribía el genial conde de Lautréamont en sus Cantos de Maldoror. Muy pronto recuperará la plasticidad habitual regresando a las elucubraciones que le son propias, mucho menos estridentes o pretenciosas. Además, Morandi jamás rompió con el pasado, para él estaba tan presente Uccello como Cezánne, Ingres que Seurat, Braque que Caravaggio… Pasado y futuro encontraban asilo en sus pequeños cuadros que retrataban los más anodinos objetos, cosas vulgares y reconocibles que de la nada se convertían en imágenes significantes por obra y gracia de la pintura.

Creo que nada puede ser más abstracto, más irreal, que lo que vemos realmente. Sabemos que todo lo que podemos ver del mundo objetivo, como seres humanos, nunca existe realmente como lo vemos y lo entendemos. La materia existe, por supuesto, pero no tiene sentido intrínseco en sí misma, como los significados que nosotros le asignamos. Sólo podemos saber que una copa es una copa, un árbol es un árbol.  

En 1928 expone en la Bienal de Venecia, donde será encumbrado veinte años más tarde. En los cincuenta es un artista reconocido, consagrado si se quiere, dotado de un aura de pureza muy necesaria para el arte que apenas salía de la crisis tremenda que supuso la Segunda Guerra Mundial. En 1953 recibe el máximo premio de artes gráficas en su país y en 1957 obtiene el Primer Premio en la Bienal de Sao Paulo. Ni las preseas ni la fama alteran un ápice de su vida cotidiana, caracterizada por la costumbre y el método, sin distracciones ni influencias, hasta el último hálito de vida. Pese a todo Morandi es un artista moderno, y en el mejor sentido de la palabra, su conservadurismo se convierte en revolucionario por el empeño cuasi zen en no salirse del camino trazado.

Esa devoción por “lo que hay que hacer”, sin mayores concesiones, lo proyecta hacia delante y lo engrandece. Es curioso que un artista tan gris tenga todavía tanto que dar, que el interés por su obra crezca a la par que sus cotizaciones, que le encuentren las vueltas a una pintura que es sobre todo un clásico de sí misma. Morandi siguió durante años trabajando en su estudio, rodeado de los temas de su pintura, que siempre son los mismos y siempre son diferentes, atado a sus costumbres pero no ajeno al mundo, un buen hombre a lo suyo, sólo parecido a sí mismo, empeñado en hacer de la mejor manera posible lo que sabe hacer, lo que le interesa, lo que le sigue interesando desde siempre.

A cuarenta y dos años de su muerte a nosotros también nos sigue interesando. Una pintura, incluso si es pequeña y hay pocas cosas en ella, es algo tan difícil de conseguir, en cada una de sus partes, que nunca sabes a dónde has ido a parar. En cualquier caso, es suficiente con que te gusten nueve décimas partes de ella.