Uno de los aprendizajes del manejo de la epidemia en la CDMX fue la reducción del tráfico como resultado de la combinación del trabajo y estudio en casa, así como el cierre de establecimientos.

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El COVID-19 ha trastornado la vida del planeta de manera nunca antes vista y es en las ciudades donde las afectaciones han sido más graves tanto en lo social como en lo económico.

Hospitales llenos, calles y plazas vacías, centros comerciales y estadios cerrados. Prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana han sido trastocados. Aunque la epidemia no parece tener un fin que se pueda predecir conviene ir analizando los necesarios cambios al funcionamiento de la sociedad. En relación a ese futuro coexisten dos líneas de pensamiento opuestas y ciertamente extremas.

La primera dice que una vez que se descubran las vacunas y se adquiera una cierta inmunidad de rebaño todo volverá a ser como antes y dentro de unos años el recuerdo de la pandemia será solo eso: un recuerdo.

En el otro extremo están los que piensan que todo va a cambiar. El mundo que emergerá después del virus será diferente por el trabajo y la educación a distancia, el abandono de las zonas densas de las urbes y la transformación de actividades masivas como los eventos deportivos y musicales. También modificaciones sustanciales a la manera de comprar y viajar.

Evidentemente la realidad se configurará en algún sitio intermedio entre estos dos extremos y debería ser no una casualidad sino el resultado de estrategias que aprendiendo de la capacidad de adaptación de la sociedad se aprovechen para diseñar un mejor futuro.

Un ejemplo; la movilidad urbana es uno de los componentes más importantes del calentamiento global que se ha convertido en gran preocupación de los expertos pero también de gobiernos y capas cada vez más anchas y activas de la sociedad civil.

Uno de los aprendizajes del manejo de la epidemia en la Ciudad de México fue la reducción del tráfico producido por los autos privados y el transporte público como resultado de la combinación del trabajo y estudio en casa, así como el cierre de establecimientos y su reapertura con horarios restringidos y escalonados de operación. En efecto, hay evidencia de que se logró aplanar la curva de la movilidad en la ciudad reduciendo los picos matutino y vespertino con la ida al trabajo y a la escuela y el regreso al hogar por la tarde.

Poder aplanar, de manera permanente, los picos de la movilidad traería muchos beneficios. En primer lugar se reducirían los tiempos de traslado con el consiguiente ahorro en horas-hombre, estrés personal y familiar y combustibles quemados. También se haría más eficiente el uso de las calles y avenidas y de los equipos de transporte. A las principales estaciones del metro acuden enjambres de combis y microbuses que trabajan unas horas por la mañana y otras por la tarde pero que permanecen estacionados en la vía pública la mayor parte del día afectando gravemente el espacio público.

Lograr esto requiere de una autentica planeación de la operación de la movilidad, algo difícil de lograr porque involucra restricciones, cambios de hábitos, incentivos, precios y tarifas. Sin embargo el manejo obligado de la epidemia del COVID-19 en la CDMX demostró que se puede hacer con resultados tangibles.

Afortunadamente la ciudad cuenta ahora con buenos equipos técnicos en SEMOVI y en la Agencia Digital que han demostrado su capacidad para elaborar buenos diagnósticos – la base de cualquier decisión acertada – y a partir de ello estrategias que han funcionado. También hay una nueva actitud de una población que demostró estar dispuesta a hacer sacrificios y modificar hábitos.

Los instrumentos para lograrlo son la limitación de viajes al trabajo, escuela, compras o visitas; la reestructuración de horarios y el uso de precios y tarifas en parquímetros, estacionamientos, carriles preferentes y ¿porqué no? impuestos de congestión en ciertas zonas de la ciudad. La tecnología permite ahora tarifas dinámicas que se modifican a lo largo del día y de la semana para estimular ó inhibir la demanda. También es la oportunidad de ajustar el programa Hoy No Circula que hace muchos años quedó rebasado como instrumento de control de la congestión y la contaminación atmosférica.

La planeación de esta operación cotidiana no esta exenta de dificultades. Por ejemplo la vida familiar puede trastocarse si los horarios de entrada y salida del trabajo y la escuela se modifican de manera que afecten la organización cotidiana de las familias pero, como se comprobó en estos meses, existen métodos científicos de encuestas y modelos de predicción con los cuales diseñar nuevas políticas publicas y reglas que todos deberíamos respetar. Este gobierno ya demostró que lo pudo hacer. No tiremos por la borda esta experiencia.