Mauricio Jessurun Solomou, presidente del XL Consejo Directivo del CICM, subrayó que los efectos de los sismos no se limitan a los daños visibles en la infraestructura, sino que se extienden a pérdidas económicas, interrupción de actividades productivas, afectaciones sociales y largos procesos de reconstrucción. Estos impactos, dijo, inciden directamente en la capacidad de recuperación y resiliencia de las ciudades.
Ruiz Rivera destacó que no existe un único instrumento financiero capaz de atender todas las fases de un desastre, por lo que es indispensable una “caja de herramientas” que incluya mecanismos para la prevención, preparación, respuesta y recuperación. Entre ellos mencionó fondos de resiliencia, incentivos fiscales, seguros, bonos catastróficos, instrumentos de deuda y esquemas de captura de plusvalías.
En el caso de México, indicó que el país cuenta con mecanismos de transferencia de riesgos, como seguros y bonos catastróficos, aunque estos solo se activan bajo criterios específicos y nunca permiten acceder al monto total asegurado. Actualmente, el país dispone de un seguro contra desastres por 5 mil 400 millones de pesos y de bonos catastróficos por hasta 595 millones de dólares. El reto, advirtió, no es solo acceder a estos recursos, sino ejercerlos de manera eficiente.
Finalmente, Ruiz Rivera enfatizó que el riesgo es una construcción social y advirtió que minimizar hoy los costos preventivos puede generar impactos económicos y sociales mucho mayores en el futuro. “No mata el sismo, sino la mala edificación”, concluyó, al llamar a fortalecer la comunicación del riesgo y abrir un debate público informado.