¿Por qué Valle de Bravo -con su gran inversión privada y próspera actividad turística- no puede ofrecer mejor infraestructura y calidad de vida a sus habitantes?

41 No me gusta1

[Consulta más sobre el Arquitecto, Jorge Gamboa de Buen, dando click aquí]

La Ciudad de México, con su potente demografía y los ingresos per-cápita más altos del país, extiende su influencia mucho más allá de su propio territorio. Particularmente, en el turismo de fin de semana y en la posesión de segundas casas de descanso su influjo alcanza a Acapulco, Cuernavaca, Tepoztlán, Malinalco y de manera cada vez más importante a Valle de Bravo en el Estado de México.

Valle de Bravo es un pueblo sui-generis. En primer lugar tiene una estética más michoacana que mexiquense con sus paredes blancas, techos de teja con pronunciados aleros para proteger a los transeúntes de la lluvia, guardapolvos rojos, banquetas estrechas y calles empedradas. Todo ello construido sobre una grácil topografía que se vuelve agresiva en la Peña, su característica geográfica más dominante. Bordeando un lago de tamaño medio este particular paisaje combinado con su arquitectura le confiere al pueblo un carácter único.

El lago no siempre estuvo ahí. Es producto de la creación en los años cincuenta -del siglo pasado- de un sistema de presas para captar el agua de las lluvias, abundantes en la región y crear un sistema hidroeléctrico que ya no funciona pero que después se aprovechó para dotar de agua potable a la creciente y sedienta población de la Ciudad de México. El sistema ahora denominado Cutzamala.

La nobleza del clima – caluroso durante el día y fresco por la noche – la belleza de los paisajes natural y construido, la disposición de su gente buena y la presencia del lago pronto atrajeron a una comunidad de habitantes de la Ciudad de México – muchos de ellos de origen europeo – que vieron en Valle de Bravo el lugar ideal para descansar y practicar deportes de montaña pero sobre todo veleo, deporte sin presencia en México hasta esas fechas.

[Más del mismo autor: 19 DE SEPTIEMBRE]

A finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado Valle de Bravo se hizo famoso primero por los rallys automovilísticos que se celebraban en el circuito Avandaro y después por el mundialmente famoso festival de Avandaro, el Woodstock mexicano que causó conmoción a un gobierno proclive a limitar las expresiones de la juventud.

La llegada a Valle era cómoda e interesante, pasando por Toluca para tomar la carretera de Temascaltepec con sus espectaculares paisajes naturales y curvas cerradas aunque no exenta de peligros para los automovilistas. La construcción de la carretera Guadalajara-Morelia y la conversión del tramo Lerma de la carretera a Toluca en vía de cuota acercaron Valle a menos de dos horas con una carretera segura, bien trazada y mejor mantenida que añadió atractivo al lugar.

Estas características generaron un boom de ofertas para toda clase de turismo, desde la visita de un día hasta ranchos y casas donde familias de la Ciudad de México pasan fines de semana y temporadas vacacionales. La creación de tres campos de golf añadió interés a la ya larga lista de actividades deportivas: hiking, bicicleta de montaña y de ruta, motocross, parapentes, veleo, ski acuático, paddle board, kayacks y para algunos arriesgados kite surfing. Restaurantes y hoteles, un mercado bonito y bien organizado, jardines para fiestas y bodas, cabañas, casas en renta y venta fueron la respuesta a esa gigantesca demanda.

La creación de riqueza es indudable, sin embargo esa prosperidad no se refleja del todo en la infraestructura, en la vivienda ni en la calidad de vida y oportunidades para los Vallesanos (gentilicio de sus habitantes).

[Más del mismo autor: Ambulantes y espacio público]

Siendo un pueblo rico la pregunta obligada es ¿por qué Valle de Bravo con su gran inversión privada y próspera actividad turística no puede ofrecer mejor infraestructura y calidad de vida a sus habitantes? La respuesta es la de siempre: un sistema que premia a los políticos por desempeños muy alejados de los principios del bien común y una administración pública ineficiente y muchas veces corrupta.

Simplemente, una mejor administración de su impuesto predial permitiría aumentar de manera significativa sus presupuestos de inversión en favor de sus habitantes. El impuesto predial es el impuesto urbano por excelencia. Se recauda y se aplica localmente y se invierte en calles, banquetas, drenaje, alumbrado, escuelas ó hospitales. Es justo y fácil de administrar ya que tasa el valor visible e inamovible de las construcciones.

Valle de Bravo parte de una ventaja que pocas ciudades tienen en México. Un solo municipio abarca toda su extensión desde el pueblo que conocemos hasta sus áreas suburbanas en donde se encuentran valiosas propiedades. Esto permite una fácil administración ya que no se comparten servicios con otros municipios ni se tienen que coordinar actividades como el transporte urbano, la policía ó la administración de los sistemas de distribución de agua.

El presupuesto en 2019 del municipio fue de aproximadamente 572 millones de pesos de los cuales por impuestos solo se recaudaron 155 millones ya que el resto vino de aportaciones federales y estatales. De esos 155 millones el impuesto predial recauda tradicionalmente la mitad, es decir 78 millones de pesos aproximadamente.

Del lado del gasto, la inversión en 2019 fue de 132 millones de pesos. Considerando que el municipio de Valle de Bravo tiene una población de 53 mil personas, la inversión es de sólo 2 mil 500 pesos anuales por habitante sin considerar que la población flotante en fines de semana y vacaciones puede llegar a unas 15 mil personas.

En función de su riqueza inmobiliaria que abarca hoteles, ranchos y casas de distintos valores – algunas francamente grandes y espectaculares – y cobrando una tasa anual parecida a la que se cobra en colonias intermedias de la CDMX, la recaudación del impuesto predial en el municipio subiría a 590 millones de pesos anuales.

Este monto bien administrado representaría cinco veces más inversión anual y acumulado a lo largo de los años permitiría tener una ciudad de calles muy bien mantenidas, un buen hospital, mejores escuelas, becas para los alumnos más aventajados y decisiones de política pública como un sistema de estacionamientos periféricos y un sistema de autobuses modernos que impidiera la congestión en los días que más visitantes recibe  un programa de introducción de servicios, mejoramiento de vivienda y de imagen urbana en las colonias populares del agraciado pueblo.