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El reciclaje arquitectónico gana terreno en la Ciudad de México como alternativa sostenible a la demolición, reduciendo huella de carbono, costos y desperdicios, mientras impulsa vivienda y regeneración urbana.

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Durante años, el desarrollo urbano en la Ciudad de México se asoció con grúas, demoliciones y obra nueva. El crecimiento parecía depender de empezar desde cero. Sin embargo, frente a la presión ambiental, el encarecimiento del suelo y la necesidad de vivienda mejor ubicada, la discusión ha cambiado: hoy la pregunta no es cuánto se puede construir, sino qué tanto se puede aprovechar de lo que ya existe.

 

El reciclaje arquitectónico —también llamado rehabilitación o reconversión— se ha convertido en una de las estrategias más relevantes para redefinir la ciudad. La lógica es clara: antes de demoler, evaluar; antes de desechar, transformar.

 

Para el arquitecto Alexandre de Rungs, “el verdadero progreso no está en sustituirlo todo, sino en saber intervenir con inteligencia lo que ya forma parte de la ciudad”, señala.

Demoler vs. rehabilitar: dos impactos distintos

La diferencia entre demoler y rehabilitar va mucho más allá de lo estético. Derribar un edificio implica generar toneladas de residuos, consumir energía en transporte y disposición de escombros, y utilizar nuevos materiales —acero, concreto, vidrio— cuya producción tiene una alta huella de carbono.

Rehabilitar, en cambio, permite conservar estructuras existentes, optimizar recursos y reducir de manera significativa el impacto ambiental. Además, acorta tiempos de obra y puede representar eficiencias económicas importantes, especialmente en zonas consolidadas donde el valor del suelo es elevado.

 

En términos urbanos, la demolición suele romper la continuidad del tejido social. La rehabilitación, por el contrario, tiende a preservar la memoria del barrio y mantener su identidad.

 

“La ciudad no necesita más escombros, necesita mejores soluciones para vivir”, afirma De Rungs. “Rehabilitar también es respetar la historia y el entorno”.

 

 

 

 

Una respuesta a la crisis de vivienda y al cambio climático

Y en una metrópoli que enfrenta déficit habitacional, desigualdad territorial y retos ambientales, reciclar edificios existentes se vuelve estratégico. La Ciudad de México ya cuenta con una enorme cantidad de inmuebles subutilizados: antiguas casas, edificios industriales, oficinas obsoletas o predios deteriorados que pueden reconvertirse en vivienda colectiva o espacios mixtos.

Este enfoque permite densificar zonas bien conectadas —con transporte, servicios e infraestructura— sin expandir la mancha urbana. Es una forma de crecer hacia adentro, no hacia afuera.

 

 

Además, desde la perspectiva climática, la rehabilitación contribuye a reducir emisiones al evitar nuevas extracciones de materiales y disminuir el volumen de residuos de construcción, uno de los principales componentes de los desechos urbanos.

Tendencias que marcan el nuevo rumbo

El reciclaje arquitectónico en la capital se vincula con varias tendencias:

  • Vivienda colectiva en edificios existentes, adaptando estructuras antiguas a estándares actuales de confort y seguridad.
  • Usos mixtos, que combinan vivienda, comercio de barrio y espacios de trabajo para activar las calles.
  • Diseño pasivo, con mejor iluminación natural y ventilación cruzada para reducir consumo energético.
  • Materiales locales y soluciones constructivas eficientes, que fortalecen cadenas productivas nacionales y disminuyen impactos ambientales.

 

También, esta visión redefine el papel del arquitecto. Ya no se trata solo de proyectar un objeto nuevo, sino de entender el contexto urbano y el impacto social de cada intervención.

 

“El proyecto no termina en el límite del predio. Empieza cuando mejora la calle, la iluminación, la vida cotidiana de quienes lo rodean”, explica el arquitecto.

Más que una tendencia, una responsabilidad

Lo que hace algunos años podía verse como una corriente alternativa, hoy se consolida como una práctica necesaria. Las ciudades que apuestan por rehabilitar en lugar de demoler no solo reducen su impacto ambiental; también fortalecen su identidad y aprovechan mejor su infraestructura existente.

En la Ciudad de México, donde el suelo es escaso y la presión inmobiliaria es constante, reciclar lo construido se perfila como una estrategia clave para equilibrar desarrollo y calidad de vida.

 

Reciclar edificios no es simplemente conservar fachadas: es optimizar recursos, revitalizar barrios y construir una ciudad más eficiente y humana. En ese proceso, la arquitectura deja de ser solo una herramienta de expansión y se convierte en un instrumento de regeneración urbana.